Santa Marta DTCH

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lunes, 4 de mayo de 2015

Santa Marta, un paraíso terrenal


Santa Marta tiene tren, Santa Marta tiene tren pero no tiene tranvía” oyen en una vieja canción los que arriban desde lejanos parajes buscando esencialmente el Parque Nacional Tayrona y sus sendas escarpadas, húmedas y atrevidas en medio de la selva, para llegar a las más hermosas playas del Caribe colombiano.

Sin embargo debe informarse bien sobre cómo encarar su periplo pues en esta localidad las montañas de la Sierra Nevada, la selva, el desierto y las arenas blancas se conjugan; entonces no hay tiempo que perder.

Hay que elegir un camino para ingresar a un pedacito de las 15 mil hectáreas del Tayrona con su geografía irregular, sus más de 700 especies de plantas, más del 60% de las aves del país y su aire en falta, que hace que los ojos se sientan desorbitados y las mochilas sean livianas, para cargar nada más que agua y una toalla, algún repelente de insectos y protector solar. Febo arrasa con las fuerzas como la espesura de la huella.

Desde el ingreso al parque hay que caminar 14 Kilómetros -ida y vuelta- para hallar el paraíso prometido. Entre tanto unos niños de la comunidad tayrona le ofrecerán cocos. Bébalos. Sacian la sed, aparecerán reptiles y se oirán monos aulladores; observará variedades de flora insospechadas para las latitudes mendocinas, y otra vez la materialidad del aire resultará asfixiante, pero cuando justo en un claro selvático se cuela un celeste maravilloso, líquido y seductor, se arribó a Cabo San Juan de Guía y allí los pesares desaparecen. El chapuzón es preciso. 

Algunas hamacas coloridas cuelgan a la sombra. Hay carpas porque algunos deciden apropiarse de esa Arcadia; también hay ecohabs para los que cuentan con más dinero. Hacer playa en la Piscina, obligación del que llega. Neguanje y Playa Cristal son dos de las arenas más bellas según todas las guías y tienen accesos independientes, sin tanto esfuerzo.

La primera, a 45 minutos de Santa Marta, cuenta con aguas cristalinas ideales para el buceo en una amplia extensión; a la segunda se accede en barco en menos de 10 minutos desde la anterior y es el Edén del área, con arenas blanquísimas y un arrecife coralino que alberga a cientos de especies, ideal para hurgar con snorkel bajo el agua. A investigar viajeros cuál les sienta mejor. Para los que buscan más aventura: trepar por la Sierra Nevada durante cinco días de marcha para llegar a la Ciudad perdida de los indios tayrona, una oportunidad única para acceder a un centro arqueológico indescriptible.

Un paseo por la cultura tayrona

A menos de 60 km de Santa Marta, por la ruta Troncal del Caribe, se accede al Parque Taironaka, situado a orillas del río San Diego por lo que una barca deberá llevarlo hacia el sitio de interpretación en el que se encuentra parte de la ciudad habitada por los nativos, destacados orfebres, artesanos y navegantes. Allí las ruinas de sus casas circulares, las castas, y el cultivo en terrazas, habla de los que domaron las Sierras Nevadas. Se puede pasar el día en el sitio, comiendo pescado fresco y patacones, disfrutando jugos naturales y caminando por los senderos con guía.

La ciudad del tranvía

Santa Marta fue fundada en 1525, es la más antigua del país y jugó un papel clave en la conquista española. En la desembocadura del río Manzanares y custodiada por montañas, la bahía de aguas claras parecía un remanso para proteger los tesoros de la corona, y hoy lo es para los viajeros intrépidos.

Su casco histórico difiere del de Cartagena o Bogotá, más pequeño y acodado; presenta -cómo no- la plaza principal, Casa de la Aduana, la catedral y la filial local del Museo del Oro con las obras de los aborígenes tayronas, mientras el paseo público por el malecón invita a detenerse ante el faro de El Morro y seguir hasta la playa El Rodadero donde cientos de familias cada fin de semana se arrojan al sol.

La quinta de San Pedro Alejandrino, fue el sitio donde murió el libertador Simón Bolívar en 1830 y muy bien conservado. Invita a dar un vistazo por la historia de esa Patria. Pero un paso ineludible en el viaje a esta zona es la playa y el poblado de Taganga, al norte de la ciudad, encerrada entre montañas.

La bahía hace alarde de su fiesta orillera, de los gringos que alguna vez llegaron y hechizados no supieron escapar del encanto de chiringos a la orilla de la calle, pescados frescos a cada hora y buenos tragos. La apacible herradura permite días de buceo entre otros deportes náuticos y, antes que se oculte el sol, las arenas son pistas de baile, sitios de reunión y largas tertulias. El final lo elige cada quién..

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