Santa Marta DTCH

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lunes, 19 de junio de 2017

Palomino, el paraíso de los turistas extranjeros de mochila


Había escuchado tantísimas veces hablar de Palomino, en La Guajira, que este año decidí empacar maletas y conocer ese paraíso sobre el mar Caribe.

¿Cómo llegar? Si tu punto de partida es Bogotá, puedes volar hasta Santa Marta o Riohacha. Llegas a cualquiera de estas dos ciudades y el recorrido en carro hasta ese corregimiento, por uno y otro punto, toma alrededor de hora y 20 minutos.

Yo llegué por Riohacha. En el aeropuerto de esta ciudad te ofrecen el viaje hasta Palomino en vehículos particulares y te pueden cobrar entre 80 y 100 mil pesos. Nosotros -mi esposo y yo- tomamos un taxi hasta el terminal de la ciudad y por 25 mil pesos, viajando en un bus cómodo y con aire acondicionado, llegamos, felices, a nuestro destino.

Sobre un punto de la hilera de locales comerciales y casas de dos pisos, levantadas a lado y lado de la vía principal, un grupo de lugareños esperan a los turistas para ofrecerles, por 2.000 pesos, el viaje en moto hasta la zona hotelera. El recorrido, por una carretera angosta y sin pavimentar sobre la que se desplazan más motos que carros, demora unos 10 minutos. Particularmente los jóvenes turistas extranjeros (en su mayoría europeos), por lo menos mientras están hospedados en el lugar, van y vienen por esa vía, a pie, departiendo y desafiando el fuerte sol sin ninguna protección: ni gorros, ni sombreros, ni rastro de bloqueador. Solo sus mochilas terciadas.

Palomino es un corregimiento del municipio de Dibulla, en La Guajira. Su gente es como todas las personas de la costa Caribe: alegre, fiestera, sonriente, desparpajada, extraordinariamente hospitalaria y amable. Es un pueblo por el que, por sus callecitas destapadas, se paseaba hace 15 años el miedo por cuenta del dominio paramilitar.

Hoy respira libertad. La música retumba en los locales enfilados sobre la calle principal y el orgullo de sus habitantes crece porque sienten que su pedacito de tierra se ha convertido en el paraíso de jóvenes extranjeros procedentes de Alemania, Inglaterra, Italia, Argentina y tantísimos otros países. Los habitantes dicen que en temporada alta, sobre todo fin de año y Semana Santa, van colombianos, pero que durante todo el año los visitan extranjeros. Y no les falta razón.

Mi esposo y yo nos hospedamos en el Dreamer Hostel, ubicado a unos 200 metros de la playa, de amplias cabañas identificadas con nombres de países y rodeado de árboles altos, palmeras y jardines florecidos. En la recepción, dos muchachos jóvenes atendían en inglés a un par de visitantes extranjeros. En las mesas, grupos y parejas de foráneos fumaban, reían o intentaban colgarse a la red de datos desde sus celulares. Ese día sentí que éramos los únicos colombianos en el lugar. Después vi a otras 2 o 3 parejas de “cachacos”.

El Dreamer es muy lindo, pero en ocasiones tuve la impresión de que se afanan por atender con prontitud al extranjero antes que al colombiano. Es decir, si en la recepción te están resolviendo un tema y llega un extranjero, sientes que te ponen en “modo pausa” mientras atienden al que viene de otras tierras. Más tarde recibí la versión de que el hotel es de extranjeros (no lo sé) y entendí un poco esa conducta, aunque no alcanzo a compartirla.

El plato fuerte del turismo en este pueblo es el Tubing: un recorrido de casi dos horas sobre el lecho del río Palomino desde un punto de la montaña hasta su desembocadura en el mar.

Grupos de lugareños ofrecen esta aventura ecoturística a lo largo de la carreterita que conduce a la zona hotelera y sobre la vía principal del corregimiento. Los identificas fácil: una casetica improvisada de techo de palma y a su lado una hilera de neumáticos de buen tamaño. ¿Por qué los neumáticos? Sencillo: uno de estos será tu vehículo de transporte sobre el cauce del Palomino. Sí. No balsas estilo paseo por el río La Vieja en el Eje Cafetero, no canoas, no barcazas… ¡Un neumático!

Pero no hay razón para preocuparse. La corriente es tranquila. Solo en unos pocos tramos se acelera sin representar mayor peligro para el viajero.

Por el neumático debes pagar 25 mil pesos. Te subes a la moto, con tu neumático a cuestas, y te llevan hasta un punto donde comienza un sendero que debes trepar durante media hora. No es apenas pendiente. ¡Es una auténtica subida! El camino es angosto. Una trocha inimaginable en invierno con una vegetación diversa y espectacular.

Recomendable, para ascender, haber dormido bien y no estar “enguayabado”. Porque cada quien debe trepar con el neumático al hombro que, aunque liviano, se convierte en una verdadera molestia para quien en todo momento debe buscar el punto seguro para dar el paso. En todo caso, siempre prefiera que el neumático se vaya al piso antes que usted.

La subida se va haciendo menos tormentosa. El camino se va allanando y luego de media hora escuchas, entre el follaje tupido, la corriente del agua. Llegas a una playa de aguas quietas, cristalinas, tranquilas. Es el punto para acomodarte sobre “tu barquito” y empezar a descender. Los primeros cinco minutos recorres el cauce en grupo. Después, la corriente va dispersando a los viajeros y los va llevando a cada uno a su antojo.

El recorrido es espectacular. Alucinante, me imagino, para los europeos. Contacto puro con la naturaleza pura. Tú y el paisaje silvestre. Solo escuchas el sonido del agua corriendo; los pájaros revoloteando encima, bajo el cielo azul e infinito, y, si corres con suerte como nosotros, algo de música de tambores tocada por un grupo de muchachos jóvenes que departen a la orilla del río.

Como no tienes remos, tus manos serán los remos para evitar que la corriente te lleve hacia las orillas donde la vegetación es abundante y enmarañada. Mi esposo no pudo evitarlo. La corriente lo condujo hasta la orilla y cuando quiso agarrarse de una rama para impulsarse y volver al centro del cauce, milagrosamente se percató de que justo del tallo del que iba a sujetarse se enroscaba una serpiente larga, gruesa y oscura. Entonces, aterrado y silencioso, dejó que la corriente hiciera su trabajo, se agachó todo lo que pudo y pasó por debajo del animal. Lección: durante la “ecoaventura” ten cuidado de dónde te agarras.

Al cabo de casi dos horas de recorrido llegas al punto donde el río y el mar se encuentran. El mar en esa zona de Palomino y en esa época -abril- es picado. Mejor buscar la orilla del río y terminar allí el paseo.

La aventura sobre el Palomino es realizada varias veces por los jóvenes turistas extranjeros que, además, encuentran restaurantes de comida sana (“healthy food”) sobre la vía destapada que lleva hacia la zona hotelera, y varios lugares que ofrecen yoga y meditación. Un menú especial para ellos.

Escena triste: vi a tres jovencitas -si no colombianas sí de pinta latina- recorriendo de aquí para allá la playa mientras se fumaban un cigarrillo de marihuana. No tenían más de 17 años. Algunos extranjeros las miraban de reojo; otros preferían “no parar bolas”.

Un consejo final si va a Palomino: devuélvase con tiempo por Riohacha, vaya hasta el muelle y camine por la playa con la brisa más deliciosa del país. Y disfrute recorriendo los puestos de artesanías dispuestos sobre la acera de la carretera junto a la playa: mochilas de todos los colores, mantas wayúu, adornos, manillas… En fin… De verdad, Riohacha, su cultura y su gente son extraordinarios.

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