Santa Marta DTCH

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domingo, 9 de febrero de 2020

Santa Marta: Un lugar chévere


Sita al Noreste de Colombia, es capital, municipio, distrito turístico, cultural e histórico del departamento del Magdalena.

Fundada el 29 de julio de 1525 por el conquistador español Rodrigo de Bastidas, es la ciudad más antigua del país y de Sudamérica.

Sus atractivos son las riberas de El Rodadero, favorita del turismo colombiano, Taganga, pueblo de pescadores y meca de buceo, y todo el litoral costero del Parque Tayrona, santuario y refugio de vida silvestre, que lo hacen un imperdible para todo viajero.

Alojamiento de primer nivel y gastronomía deliciosa, sobresaliendo el pescado y las frutas tropicales, completan su oferta.

Resguarda un paraíso

Santa Marta es referencia ineludible del Caribe colombiano: atesora naturaleza que evidencia pureza, trasmite armonía y recarga energía.

Ubicada a los pies de la bahía que lleva su nombre, entre la Sierra Nevada de Santa Marta, con las mayores cumbres del país, y el Mar Caribe, de aguas turquesas planchadas, tiene como mayores encantos el puerto de incesante actividad, la imponente catedral, el casco histórico y algunas de sus edificaciones preservadas de la época colonial, la Quinta San Pedro Alejandrino, última morada del Libertador Simón Bolívar y sobre todo una costanera transitada a toda hora, el Malecón de Bastidas, donde se aprecian atardeceres espectaculares.

Su esplendor se disfruta en los aledaños, donde las riberas legan sitios excepcionales, y sobre todo 35 km al Noreste, avanzando por la carretera troncal en dirección a Riohacha, donde yace uno de los rincones más agraciados de la región, acaso del país, y por qué no de Sudamérica: el Parque Nacional Natural Tayrona, hábitat que aún se expresa virginal.

De sus 15.000 hectáreas protegidas, 3.000 son de área marina; tiene playas rocosas semidesiertas, arenas doradas, solitarias bahías y ensenadas, montañas que se derriten a sus pies, y entre ellos, bosques que son vivienda de gran cantidad de especies.

También hay ruinas arqueológicas, Pueblito y Ciudad Perdida, que denotan la existencia de asentamientos humanos de la tribu Tayrona, ocupantes de la región desde épocas precolombinas hasta bien entrada la colonización, y encargada de mantener el equilibrio del mundo según sus creencias, dejando ver puntos de ritual y ofrenda. La entrada principal a este universo, que tiene cupos limitados, es por El Zaíno, y a tres kilómetros de allí se ubica Cañaveral, uno de los lugares de pernocte en el parque, que cuenta con sitios de acampe y ecohabs, cabañas que conservan características de la arquitectura Tayrona, perfectos para disfrutar estadías a pleno. Los ecohabs están inmersos en las colinas, guardan sutil mixtura entre rusticidad y elegancia, e invitan a descansar y relajarse con las vistas, y un plácido silencio alrededor. El complejo, que cuenta con spa, tiene a pasos de allí una playa, La Piscinita, donde se permite nadar, ya que por las corrientes marinas no todas son aptas, y disfrutar el servicio de restaurant y bar de primer nivel que ofrece. Bien instalados, es hora de gozar el panorama cristalizado en bosques con frondosa vegetación, cerros verde menta, palmeras precipitándose a la playa, ríos ambarinos, mar celestial, y águilas sobrevolando; lagartijas huidizas, y alguna que otra iguana pachorrienta internándose en la espesura, agitan la escenografía. Provisto de buen calzado, repelente y agua mineral, es hora de caminar sus senderos en medio de bosques enmarañados, sentir fluir su temple y gozar lo sublime pasando jornadas placenteras e inolvidables.

Potenciando sentidos

Una opción es recorrer el circuito Nueve Piedras, que conduce por una foresta tropical donde se ven cangrejos azules, se escucha el canto del cucarachero o el martilleo de un pájaro carpintero, culminando en un mirador en la costa. Éste muestra la extensa Playa Cañaveral con sus enormes rocas blancas en el mar, sitios sagrados donde los Tayronas realizan ofrendas, y con algo de suerte, los picos nevados Bolívar y Colón brillando en lo alto de la Sierra Nevada. La caminata no requiere mayor esfuerzo y recompensa de manera abultada con las vistas que brinda. La vuelta se puede hacer por playa Cañaveral, disfrutar un chapuzón en La Piscinita, y andar otros caminos de la selva que conducen hasta el Cabo de San Juan, con más lugares sobresalientes. Remontando riachuelos, cuestas, y formaciones rocosas, entre las luces y sombras que desperdiga el tupido bosque, aparecen monos que te observan, camaleones mimetizados, ardillas trepadoras y el mar sonando estridente, uniendo los 4 km que separan Cañaveral de Arrecifes. Esta playa tiene espacio abierto pero tampoco es permitido bañarse allí; vigorosa selva detrás y un ambiente más informal que el de Cañaveral, que es más exclusivo. 

Aquí es posible alojarse en campings, cabañas y hamacas, aunque el fin es el mismo: el contacto pleno con la naturaleza. A pasos de allí se encuentran las playas de La Arenilla y La Piscina, resguardadas por una barrera natural de rocas a casi 200 m de la costa, que frenan el ímpetu del mar y permiten que las aguas se amansen en las orillas. Ideal para refrescarse y practicar snorkel vislumbrando un fondo marino rico en arrecifes, corales, y peces multicolores. A 3 km de allí, caminando por la costa, se llega a una roca llamada Punta del Diamante, vecina al Cabo San Juan de Guía, y una de las playas de mayor belleza del Parque Tayrona.

De un lado la selva acecha impetuosa acordonada por un río color whisky, y al otro la piedra separa el mar azul en dos bahías, conformando arenales recubiertos de palmeras que invitan al descanso bajo su sombra tutelar, por una eternidad. En la zona hay campings y hamacas para alojarse, posicionándolo como sitio favorito de jóvenes mochileros y viajeros que llegan de todo el mundo.

Desde aquí, volviendo a internarse en la selva, se llega a Pueblito, uno de los lugares habitados por los Tayronas; vestigio que sorprende con sus terrazas, muros de contención y, sobre todo, por el equilibrio denotado entre estos habitantes y su amigable tierra. Para terminar de descubrir el litoral del parque hay que traspasar el Cabo de San Juan, donde se multiplican bahías y ensenadas que se prolongan hacia Santa Marta, resguardando playas fascinantes como Palmarito, Guachaquita, Cinto, Neguanje, Changue, y Taganga, ya fuera del parque, y punto final de este viaje. En el sector que se elija, Tayrona es sui generis. Sus privilegiados visitantes interactúan en un edén que sacude sensaciones a cada segundo, influenciando el espíritu de manera positiva.

Con ritmo contagioso

De las bahías y ensenadas mencionadas, se luce la de Taganga. Para gozarla por completo, el hotel La Ballena Azul se encarga de brindar confortables habitaciones, un cálido servicio, y sobre todo, se encuentra en primera línea de playa. Ahí se levanta este tranquilo pueblo de pescadores, rodeado de montañas con vegetación cactácea que la abrazan, transformado en meca del buceo.

Es por ello que sus calles concentran escuelas de buceo, almacenes de equipos para bucear, oficinas de turismo acuático, barcos y lanchas para alquilar, con el fin de sumergirse y disfrutar las profundidades marinas. En superficie, las apacibles aguas esmeralda están ocupadas a un lado de la playa por los pescadores, con sus botes llamados cayucos; y al otro -son menos de diez cuadras de punta a punta-, por turistas, bañistas, y buzos desfilando con trajes de neoprene, tanques de oxígeno y patas de rana a toda hora. Vecina a Taganga se encuentra otra ensenada, que encierra a Playa Grande.

Orientada en un marco excepcional, invita a relajarse junto a las aguas mansas, proveyendo reconfortante intimidad con el entorno.

Ambas se unen en una caminata de quince minutos, y llaman a gozar el día donde uno más a gusto se sienta. En las dos se consumen soberbios atardeceres, y la panza se llena con delicias marinas que acaban de recoger los pescadores, sobresaliendo el pargo y el mero.

Por las noches Taganga se anima en bares que hacen sonar cumbias, vallenatos y salsas, y se ve gente local, de piel color dulce leche, revoleando caderas a diestra y siniestra, con infinita gracia y estilo que llama a rumbear, como se dice por estos pagos.

Todo esto dota a Taganga de magnetismo especial, y se complementa de maravillas con el Parque Tayrona.

Cerrando el recorrido por Santa Marta, 5 km hacia el Sudoeste, puede visitarse El Rodadero, situada sobre la bahía de Gaira. Este centro turístico recibe importante afluencia de familias colombianas, atraídas por sus angostas costas de arenas finas, aguas mansas, cerros que la guarecen, palmeras que trepan al cielo, gran cantidad de edificios y hoteles altos, tiendas de todo tipo, restaurantes, bares, y sitios de entretenimiento, que la convierten en la más urbana de todas sus playas.

Santa Marta brinda opciones diversas, todas gratificantes, que llaman a intimar con la naturaleza en todas sus formas.

Y es todo eso lo que la hace tan chévere, palabra usada en Colombia para calificar algo excelente.

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